Dos miradas distintas y un solo cántaro verdadero

Foto: Laura Beltrán
Foto: Laura Beltrán
Por: Wilson Rodolfo Gutiérrez Ramírez/Sandra Liliana Mejía Afonso
Publicado el 15 de noviembre de 2017

Obra: Cántaro
Compañía: Mitos de Creación
País: Colombia
X Festival Danza en la Ciudad
Fecha de función:
12 de noviembre de 2017
Teatro:
 Villa Mayor

Danzando con el deseo

Por: Wilson Gutiérrez

“Tanto va el cántaro al agua que al final se rompe”
Refrán Popular

Jairo Antonio Echeverry Lozano, el director de esta pieza de la Compañía Mitos de Creación, Danzas y Cantos de Colombia, nos presenta una cosmovisión esperanzadora de nuestra realidad en tiempos de posconflicto.  De la mano del director musical Omar Flórez y su grupo de multinstrumentalistas, van tejiendo una hermosa red de motivos dancísticos y melódicos que abarcan toda la geografía nacional y nos van envolviendo en el más sublime orgullo patrio.

Viajé con ellos a los llanos orientales y me emocioné con esa quirpa zapateada a capela, me dio qué pensar, y mucho, el baile nariñense de las cintas de colores, amé las notas agudas de la marimba del pacífico y, por supuesto, me goce la percusión de esa cumbia tan caribe como el arroz con coco.

Cántaro es una obra divulgativa del folclor colombiano, una pieza pensada y ejecutada para llegarle a todo tipo de público. Una puesta en escena que reivindica nuestra idiosincrasia y evidencia nuestro realismo mágico. Pero que, además, es una obra que exuda una crítica social profunda: Colombia puede ser uno de los campos de batalla más hermosos del mundo. Las viudas, los huérfanos, los mutilados, los desparecidos, los secuestrados, los desplazados, los asesinados, etcétera, son los personajes que se contraponen a este carnaval de color y alegría.  Jairo Echeverry tiene el acierto de representar la angustia a través de un telón rojo, que nos recuerda la franja inferior de nuestra bandera, por la cual toman forma humana el horror y la muerte.

En nuestro país danzan la alegría y la desolación, el anhelo y la crudeza, la belleza y el espanto, lo magnífico y lo miserable. Echeverry resuelve la dicotomía mediante un final deseado: se declara la paz, se izan banderas blancas, se sueltan palomas, todo el mundo se abraza y asunto arreglado.

Yo no puedo pensar con el deseo, yo creo que ese cántaro no se va a romper tan pronto.

     

        Danzamos para vivir, vivimos para danzar

Por: Sandra Mejía

El cántaro que guarda la vida, el útero caliente que engendra una raza, una cultura, es el protagonista de la obra que nos presenta, en seis actos, la historia de nuestro país, desde su mito fundacional, cuando la madre primigenia Bachué da a luz al pueblo muisca, hasta la nación que hoy no termina de construirse.

El maestro Jairo Antonio Echeverri Lozano, director y coreógrafo de esta pieza dancística, nos envuelve en una atmósfera de movimiento, donde la estética del cuerpo femenino, vestido de faldas blancas, casi transparentes, nos permiten apreciar el parto de una Colombia que va creciendo entre coloridos movimientos, trajes y músicas, representando la diversidad de nuestras tradiciones en su vasta y compleja geografía.

La obra permite ver el transitar del campesino colombiano en busca de su tierra, en la dura tarea por construir una familia y su bienestar. De esta manera, el escenario se va llenando de guabinas que se entrecruzan con cintas de colores, donde los danzantes tejen complejas figuras, que luego desenredan, con impecable destreza y que bien representan al pueblo devoto que pide a la virgen el favor de llevar la vida con paciencia y dignidad.

El joropo resuena con el cuatro y las maracas que galopan anunciando a las guerrillas liberales y el inicio del período de la violencia bipartidista. Ríos rojos de sangre tiñen el escenario, donde los muertos y desaparecidos de las múltiples guerras gritan y están presentes por más que las élites los quieran esconder. Las aves necrófagas vuelan en círculo y divisan la tragedia que enluta a nuestra nación.

Guitarras, tamboras y requintos animan los bambucos, pasillos y torbellinos del Tolima y el Huila, que representan la laboriosidad del campesinado colombiano jornalero y agricultor, y también las marchas campesinas hacia el sur del país.

Las danzas del Pacífico (el currulao y el bunde) son la resistencia del pueblo; el canto y la marimba de chonta silencian los llantos de la guerra.

La escena final de la obra ocurre en el sur del país entre las montañas del gran macizo colombiano. El director musical Omar Flórez estremece al auditorio con una guaneña y los danzantes, trajeados con chales y ruanas de colores, representan el encuentro de las mujeres con sus maridos, refundidos en la guerra y quienes vienen a conocer, por fin, a sus hijos.  Este es el momento en que la esperanza se ondea en una bandera blanca, es el momento histórico que estamos viviendo los colombianos, una generación que pide la paz. Una paz que está por construirse en las regiones y que, a la larga, nos entregará una nación que danza y se reconcilia con la vida.