Frío

Foto: Juan David Cano
Foto: Juan David Cano
Por: Jeniffer Lizcano Cubillos
Publicado el 12 de noviembre de 2017

Compañía: Compañía de Danza del Teatro Jorge Eliécer Gaitán
Obra: Columbario
País: Colombia
X Festival Danza en la Ciudad
Fecha de función: 11 de noviembre de 2017
Teatro:  Jorge Eliécer Gaitán

Sobre el escenario se pueden ver  unas estructuras en madera que parecen ser una suerte de urnas que, gracias a un impulso casi sobrenatural, se mueven,  se desplazan,  se juntan y se separan, rotan y se inclinan en medio de un espacio en penumbra, en una danza muda, inexpugnable, que más que la presencia de algo, anuncia una ausencia fría que hiere los sentidos.  Una a una, las urnas derraman por el espacio unos cuerpos que se retuercen en una agonía infinita que se alimenta a sí misma.

Una escena casi dantesca adquiere forma, un mar de cuerpos que puja por emerger, que lucha contra el propio peso inmóvil, que se deshace, cede y convulsiona. Un cuerpo colectivo que se fractura y se arrastra, que se mueve frenéticamente pero no para avanzar sino para reafirmar un estado que prevalece, que se repite, que no conoce la progresión  ni el cambio.  Una movilidad estática que se estremece y se ahoga.

En el escenario se posan la quietud, el silencio, la contención de unos cuerpos que se dilatan y se expanden, que invaden todo el espacio; la luz y la sombra dibujan las formas de una experiencia gélida que observa en la distancia, que pugna por comprender la convulsión y se desespera ante el vacío y la nada.

Escucho con la piel el rastro de una forma extraña de experimentar el tiempo,  la ausencia.  Ese tiempo que no es ayer, ni hoy, ni siquiera un mañana que se resquebraja, solo un tiempo sin tiempo que se revuelca en su propio estar , un uróboro que no cesa en su mordisquear, que recuerda lo ritual, el ciclo infinito. Los cuerpos cáscara, cuerpos forma que se acompañan en una soledad hermética, que brindan su ausencia, se despojan de sus gritos desgarrados que traspasan los oídos y caen en el precipicio de la nada.

Repetir, regresar al mismo punto, levantarse, prepararse para la convulsión que se anuncia de a poco, en pequeñas dosis de fulgor que estallan en cualquier parte de esos cuerpos que parecen ser ellos mismos de madera color crema, que cobran una suerte de existencia despojada de sentido.  Resuena el sonido seco, lejano, para regresar al frío, la sacudida, el eco.

En ningún lugar, en ninguna parte, nadie, nada.  Prevalencia de la imagen, sonidos que ahogan y liberan, que se expanden y se fragmentan. Cantar, tocar, danzar para atormentar, para revivir la memoria, para devolver algo de humanidad, para acallar a los fantasmas.  Trepar a la cima para deshacerse en ella, para caer y cargar el peso de aquello que no se puede nombrar.

Presenciar esta obra es asumirse desde un no lugar, desde el vacío y la desolación.  Quedan los ecos del sonido y el movimiento, rastros de humanidad que se niegan a ser aprehendidos, que provocan, que se esconden y se deshacen.

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La Compañía del Teatro Jorge Eliecer Gaitán nace en el 2014, desde entonces se ha ido consolidando como un espacio de profesionalización  y cualificación para los bailarines de la ciudad.  Columbario es dirigida por Jorge Bernal, un bailarín bogotano con una larga trayectoria que plasma con maestría en este montaje su interés por lo ritual.

Celebro como un logro para la danza de la ciudad que este tipo de espacios se den y que allí se generen propuestas estéticas de esta índoles, que invitan al espectador a replantearse su idea sobre la danza y sobre lo bello.