La oscuridad que nos habita

FOTO: Juan David Cano
FOTO: Juan David Cano
Por: Jeniffer Lizcano Cubillos
Publicado el 4 de noviembre de 2017

Obra: Phobia
Compañía: Cortocinesis
País: Colombia
X Festival Danza en la Ciudad
Fecha de función: 3 de noviembre de 2017
Teatro: Villa Mayor

Cada vez que asisto a una obra de danza me gusta sentirme como una extrajera, como una inmigrante abierta a la aventura; sé que muchos elementos se escaparan de mi percepción, que probablemente solo me quede una sensación tibia en el vientre una vez  las luces se apaguen y los bailarines se pongan en proscenio para recibir los aplausos del público.  ¿Qué de todo lo inefable e inenarrable de la obra podré, de manera torpe, expresar con el arbitrario lenguaje? ¿Qué, inevitablemente, se me escapará?

Oscuridad total, silencio.  Una luz mortecina cae sobre el escenario y es entonces cuando los cuerpos se aproximan para habitarlo.  El sonido metálico, las sombras que inundan el espacio, anuncian lo porvenir.  Los personajes que se mueven en la escena se miran entre sí con desconfianza, se acercan y se separan, pero con frecuencia rehúyen la cercanía.  Voces de distintas nacionalidades se escuchan mientras los cuerpos se mueven al ritmo de la música con una cadencia casi hipnótica: una tensión recorre la sala, un algo amenazante que se va tejiendo, que se construye silenciosa y subrepticiamente hace presencia.  Pronto surge la violencia, el choque, la animalidad y aquello que parecía un juego y que por unos instantes consigue aliviar la tensión, se transforma rápidamente en una cadena de agresiones perturbadoras para el espectador.  La oscuridad no solo inunda la escena, sino que se manifiesta en las relaciones que establecen los personajes entre sí, que son de choque y rechazo, pero que bellamente, en algunos instantes se vuelven solidarias y es entonces cuando una cierta calma se apoza en las entrañas de quien lo presencia.

Los círculos repetitivos que dibujan los cuerpos sobre el escenario, hacen pensar en algo mítico, en una forma de habitar el mundo que no busca la progresión, porque esta no es posible.  La atmósfera claustrofóbica que llega a crearse en buena parte de la obra así como la uniformidad de los vestuarios y el continuo juego con la luz, generan la sensación de que pese a que estamos frente a un escenario dinámico, que dialoga con los cuerpos, funciona como un organismo que encierra y constriñe.  Los colores opacos, los ladrillos que pesan y someten los cuerpos bajo su peso, el despojo que se manifiesta en  la desnudez del cuerpo, el rechazo, la indiferencia, la burla que se transmiten unos personajes a otros me hace pensar en la famosa frase de la obra A puerta cerrada (1944) de Sartre:  “El infierno son los otros”.

El desasosiego, un cierto sinsabor se instala en mi pecho.  La exposición de lo humano desde el arte araña fuerte el espíritu; la distancia y la mediación parecen exacerbar aquello que duele y que sobrepasa lo racional.

Mirarse en el espejo en donde se refleja el alma es absolutamente perturbador.