De seducción, besos y mordiscos

FOTO: Carlos Eduardo Díaz
FOTO: Carlos Eduardo Díaz
Por: Jeniffer Lizcano Cubillos
Publicado el 5 de noviembre de 2017

Obra: Un poyo rojo
Compañía: Un poyo rojo
País: Argentina
X Festival Danza en la Ciudad
Fecha de función: 4 de noviembre de 2017
Teatro: Arlequín

Entro expectante al teatro, me dijeron que vengo a presenciar una comedia.  Rara vez asisto a este tipo de espectáculos, más que porque me disguste, quizás porque, como muchos de mis compatriotas, me siento más cómoda con otro tipo de géneros como  el drama o  la tragedia.  Pero aquí estoy, dispuesta a soltar el drama por una noche y a reír sin pudor, para ofrecerle un homenaje a la vida.

Dos hombres están sobre el escenario mientras el público se acomoda; calientan, bailan, saltan, estiran unos cuerpos que desde ya maravillan por su elasticidad, fuerza, control.  De fondo, unas sabrosas cumbias se suceden una tras otra. “Tercer llamado: el espectáculo va a comenzar”.

Las luces se van y cuando regresan, los dos hombres están en el proscenio, frente al público, uno al lado del otro en un juego coreográfico en el que prima el gesto, lo pequeño, lo simple.  Los personajes se confrontan, en silencio, al ritmo de la respiración, compiten entre sí, ridiculizan la híper-masculinización, llevan al límite el movimiento, huyen de lo obvio, rompen la lógica de las acciones. Y es en estos quiebres en donde no solo aparece la risa, sino que se va fracturando lo masculino como lo conocemos, las expectativas del deber ser.  Se genera entre los personajes una tensión homo-erótica que, de manera muy fresca y orgánica se mezcla con el juego, se ríe de sí misma,  sorprende y estalla en los momentos menos esperados.

La seducción, la exhibición del cuerpo, las resistencias que se van deshaciendo, que estallan en la relación con el otro se manifiestan en toda la obra.  El deseo incontenible, explosivo, la provocación, las manos inquietas, los labios ávidos, las respiraciones sincronizadas no preparan al espectador para lo que viene: Un largo mordisco que lleva al límite la cercanía (y porque no decirlo, la incomodidad de mi vecino), la estrecha confianza, la conjugación de los cuerpos, los sexos que se juntan, se rozan, se muerden, en medio de un juego dinámico entre los personajes.

Mientras los veo jugar así en el escenario pienso en la libertad infinita de esos seres, no solo por la gran técnica que despliegan, sino porque se han permitido explorar más allá de las normativas y los imaginarios sociales que someten de manera tan agresiva los cuerpos y las emociones de los hombres;  por eso sonrío grande, mostrando los dientes, cuando los dos hombres son bañados por una luz roja y la obra termina en un largo y apasionado beso.

Nota: nunca había visto un público tan emocionado por el anuncio del Pollito pío. Gritos, aplausos y un mar de carcajadas inundaron el teatro.  ¡Gracias Poyo rojo!